MARRUECOS: La ruta de las Kasbahs
5 de abril de 2012 · Escrito por ramon@ramonvillero.com

La historia de Nicole, una francesa que se enamoró de un beréber durante una visita a las dunas de Merzouga, es bastante representativa de lo que puede pasar en Marruecos, un país atractivo, paradójico y especial, donde cualquier cosa puede ocurrir.
Nicole llegó a Ouarzazate con la intención de descansar durante dos semanas. Transcurridos seis días decidió romper la monotonía y realizar una de las excursiones programadas a las dunas de Merzouga.
El largo viaje en minibus desde Ouarzazate hasta Erfoud le permitieron descubrir algunos de los paisajes más hermosos de Marruecos, los valles del Dadés y del Todrá, con las innumerables kasbahs repartidas a lo largo de todo el recorrido por las montañas, que la magnetizaron e hicieron aumentar su pasión por esta tierra.
[caption id="attachment_1101" align="alignnone" width="650" caption="Paisaje del Atlas marroquí, puerta de entrada al Gran Sur"]
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El primer día durmió en un hotel en la población de Tinerhir y a la mañana siguiente partió en dirección a Erfoud, cerca de la frontera argelina. El campamento en el que debía pasar la siguiente jornada se hallaba en las dunas de Merzouga, de alguna manera la antesala del desierto. La organización incluía algunas representaciones folklóricas y una cena al estilo beréber. Durante la velada, Nicole se fijó en uno de los sirvientes; su turbante dejaba ver la claridad de unos ojos azules que resaltaban en la tez morena y bruñida. Nicole apenas pudo intercambiar algunas palabras con el sirviente, que hablaba un francés casi perfecto. La sola visión de aquel rostro la magnetizaba; la hacía soñar con escenarios de película como “Lawrence de Arabia” o “El cielo protector”.
Ya de regreso en el hotel de Ouarzazate, Nicole pensaba a menudo en el hombre beréber y su sorpresa fue mayúscula cuando al cabo de un par de días le vio en la piscina, vestido con tejanos y una camiseta con el anagrama del hotel. Se llamaba Jacques, era parisino y se ocupaba personalmente de las extensiones a Merzouga. No era la primera vez que le confundían con un auténtico hombre del desierto.
Esta anécdota me la explicaba el propio Jacques mientras degustábamos un té a la menta en el bar del hotel.
[caption id="attachment_1102" align="alignnone" width="650" caption="Ouarzazate. Los niños parecen divertirse con la cámara de nuestro viajero"]-Al final nos hicimos buenos amigos -comentaba-, su enamoramiento fue una especie de sueño beréber que se volatilizó al conocer mi verdadera identidad-.
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Llevaba yo varios días en el Gran Sur y la aventura de Nicole era una buena manera de escribir sobre el apasionante mundo marroquí, despejando los equívocos que suelen contarse de este país. El lector suele encontrarse con reportajes que explican aventuras, convivencias con personajes del desierto, beréberes, tuaregs y todo tipo de etnias que viven en otra época... Tal vez haya algo de verdad en los relatos, como algo de verdad hay en las tribus de masai a las que casi ningún turista tiene acceso y que llenan los álbums de viaje de los europeos, seguros de haber vivido una experiencia singular, aunque lo más probable es que a la situación se le ponga un poco de salsa para aderezar lo que no es más que una representación folklórica.
Jacques y yo estábamos de acuerdo en este punto. Marruecos es un país encantador. Ofrece al visitante la singularidad de sus paisajes y la innegable cordialidad de sus gentes. El encanto de Marruecos no reside en los “auténticos” beréberes (una parte de la población vive en lugares apartados, lejos del turismo, pero aceptan las comodidades de la civilización moderna), sino en sus descendientes, en los beréberes normales, en la mezcla de modernidad y tradición, en la vida de los pueblos y mercados, en la Medina, en el Zoco de las ciudades, el punto de confluencia de la sociedad marroquí. El folklore también es hermoso, siempre que no se le saque de contexto y se le aprecie como lo que realmente es: el conglomerado de tradiciones, usos, canciones y danzas populares.
[caption id="attachment_1103" align="alignnone" width="650" caption="Oasis de Fint, un paisaje de verdor inusitado."]
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De Marrakech hacia el Gran Sur
Días antes había aterrizado en el aeropuerto de Marrakech-Menara, primera escala del viaje a Marruecos. Mi objetivo era visitar la ciudad, para después cruzar las montañas del Atlas y visitar la región situada entre esta cadena montañosa y el Antiatlas, donde se concentran la mayoría de kasbahs - especie de alcazabas- construídas con barro, cuya arquitectura es peculiar y única en el mundo.
Marrackech es, sin duda, una buena manera de tomar un primer contacto con este país. Sólo llegar a la ciudad, el visitante se sumerge en el bullicio de la plaza Djemaa el Fna y percibe la diferenciación marroquí, un salto en el tiempo respecto a la civilización europea. Encantadores de serpientes, vendedores ambulantes, puestos de comida y la plaza, siempre llena a rebosar, son más que suficientes para entretenerse durante media jornada.
[caption id="attachment_1104" align="alignnone" width="650" caption="Valle del Dadés."]
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Pasados un par de días en Marrakech empecé el itinerario que había de llevarme a la Ruta de las Kasbahs. Ouarzazate parecía el lugar idóneo para instalarse y desde allí recorrer los valles donde se alzan la mayoría de fortificaciones.
Desde Marrakech a Ouarzazate, la carretera asciende por la vertiente Norte del Atlas hasta alcanzar el puerto de Tizi-n-Tichka (2.260 m.) para luego descender hacia la planicie Sur, situada entre el Atlas y el Antiatlas. El recorrido varía de un paisaje verde y fértil que ocupa la falda Norte de la cordillera, a la aridez de la vertiente Sur. Y es precisamente aquí, a partir del cambio de paisaje y de clima, cuando las kasbahs empiezan a hacer su aparición.
[caption id="attachment_1105" align="alignnone" width="650" caption="Un buen ejemplo de kasbah es Ait Benhadu. Este pueblo es el más conocido de la ruta"]
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Edificadas para proteger a sus habitantes y a las provisiones de comida de los posibles invasores, las kasbahs son un reflejo, una consecuencia de las duras condiciones de vida en esta parte del país. A medida que nos adentramos hacia Gran Sur, la orografía se hace más inhóspita. Desierto pedregoso y valles de uadis (riachuelos casi siempre secos) explican la existencia de estas casas, ciudades amuralladas que significaron el abandono del nomadismo por la mayoría de las tribus del desierto.
Tras dejar atrás el puerto de Tizi-n-Tichka, una pequeña carretera de unos 20 km. nos lleva a la kasbah de Telouet. Construída por el bají de Marrakech, Tami el Glawi, la kasbah de Telouet muestra la simplicidad de la arquitectura beréber y conserva una sala de recepción donde se puede apreciar la sencilla ornamentación interior de las alcazabas.
[caption id="attachment_1106" align="alignnone" width="650" caption="Anemiter, poco más allá de Telouet, muestra sus kasbahs particulares al pie de un riachuelo"]
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Algunos kilómetros más adelante, la carretera va a parar al pueblo de Anemiter donde hay varias kasbahs, la mayoría de ellas casas particulares, edificadas al pie de un riachuelo. Desde aquí una pista de tierra conduce hasta otro de los pueblos mejor conservados, Ait Benhadu, pero será necesario disponer de un vehículo todo terreno. Con un coche normal es inútil intentar la travesía y lo mejor será regresar a la carretera que une Marrakech con Ouarzazate para desde allí tomar un desvío más hacia el Sur que lleva directamente a Ait Benhadu.
Este pueblo es quizá el más conocido en las Ruta de las Kasbahs. Su disposición en la base de una colina, las innumerables kasbahs y su excelente estado de conservación, lo han convertido en uno de los principales escenarios de cine del Sur marroquí. La mayoría de películas ambientadas en el desierto toman Ait Benhadu como referencia. La forma troncopiramidal de las torres con ornamentación exterior, en medio de una extensión desértica, hacen que no pase inadvertido.
[caption id="attachment_1107" align="alignnone" width="650" caption="Ait Benhadu. Aquí se han rodado muchas películas para el cine"]
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Desde aquí lo ideal es ir a Ouarzazate, y de allí hacia el Sur. Se habla de Ouarzazate como un pueblo de poco interés pero estratégico (fue una fortaleza francesa) que creció por el turismo. Pero el lugar está en una encrucijada de caminos y disfruta de un clima cálido y seco y el aire limpio. Las noches son estrelladas y rutilantes. La Ruta tiene cerca de Ouarzazate un par de edificios interesantes. La kasbah de Taurorit, en un promontorio junto al pueblo, y la Kasbah de las Cigüeñas, a un par de kilómetros desde una colina donde se divisa la llanura y el pantano (construído hace pocos años) de Ouarzazate.
Valles del Dadés, Todrá y Dra
En dirección hacia el Sudoeste, una carretera de 164 km. lleva hasta Zagora, limítrofe con Marruecos. Este recorrido se adentra por el Valle del Dra, en un paisaje desértico, aunque los palmerales y las kasbahs al lado del río forman un contraste de colores impresionante. En este recorrido no hay kasbahs “oficiales” que se puedan visitar a modo de museo. Algunas son casas particulares, otras están abandonadas. Lo ideal es probar de visitar algunas: las familias están encantadas de mostrar su pequeño tesoro. Por otro lado, si decide aventurarse por su cuenta y explorar alguna kasbah abandonada, no se asuste si de entre las piedras y el barro aparece un niño dispuesto a servirle de guía.
El otro gran eje donde se alzan las kasbahs se encuentra en los valles del Dadés y Todrá, los cuales se hallan conectados por una pista de tierra que sólo se puede recorrer en un vehículo todo terreno. Ambos son una delicia para la vista. Las kasbahs se suceden unas a otras y el paisaje cambia a cada recodo del camino. Si no tiene un todo terreno puede adentrarse durante varios kilómetros en el valle del Dadés. Después de subir el puerto, desde donde se ven las gargantas del Dadés, la carretera se interna hacia un valle más amplio que permite ver en la lejanía la Cadena del Atlas. Los pueblos del camino nos sumergen en un Marruecos poco conocido donde los habitantes compartirán algunas horas con el viajero.
[caption id="attachment_1108" align="alignnone" width="650" caption="Tinerhir, puerta de entrada al valle del Todrá. Es una pequeña ciudad junto a un oasis"]
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Ya de regreso a la carretera principal llegaremos a Tinerhir, pequeña ciudad situada junto a un oasis situado a 1.342 metros de altitud, y puerta de entrada al Valle del Todrá.
A pesar de ser un reclamo turístico, las gargantas del Todrá no son muy espectaculares; la gracia del lugar reside en las innumerables kasbahs del palmeral, junto al río Todrá. Un poco más allá de Tinerhir la carretera prosigue hacia Erfoud y hacia las dunas de Merzouga. Una pista de tierra transcurre por el Sur desde Erfoud a Zagora. Para recorrerla no sólo hará falta un cuatro por cuatro, sino también un guía experto: es fácil perderse y la cercana frontera argelina no invita a la aventura.
Visitar Marruecos ya es toda una experiencia. Tal vez no exista un salto en el tiempo que nos transporte a otra época, pero es indudable que las costumbres y la manera en que sus habitantes entienden la vida, son muy diferentes a las de los europeos. La cultura marroquí, los áridos paisajes del Gran Sur, y la arquitectura de las kasbahs componen un amplio espectro capaz de satisfacer la sed de conocimiento del viajero.
Texto y fotos de Ramón Villeró
