Omán bajo las estrellas: tortugas, dunas y el arte de habitar el silencio
1 de junio de 2026 · Escrito por Equipo Espíritu Viajero
Entre playas donde las tortugas marinas repiten un ritual milenario y desiertos que parecen escritos por el viento, Omán despliega una belleza serena y auténtica. En Ras Al Jinz y Sharqiya, lanaturaleza marca el ritmo y el viajero descubre un país donde el silencio, la hospitalidad y el cielo nocturno forman parte esencial de la experiencia.
Texto: Use Lahoz Fotos: Félix Lorenzo Omán tiene todo lo que se le puede —y se le debe— pedir a un destino: cultura, identidad, patrimonio, ausencia total de contaminación visual, preservación del entorno natural y, además, sorpresas. Como ejemplo, y aunque pueda sonar extraño, la observación de tortugas marinas, una de las actividades de ecoturismo más populares del país.
Omán alberga algunos de los lugares de anidación más importantes del océano Índico para cuatro especies distintas: la tortuga verde —en peligro de extinción—, la tortuga olivácea (Olive Ridley), la tortuga boba (Loggerhead) y la tortuga carey, también catalogada en peligro crítico.
En Ras Al Hadd, en el extremo oriental del país, se encuentra la Reserva de Tortugas de Ras Al Jinz, uno de los enclaves más relevantes del mundo para la conservación de estas especies. La zona disfruta de un clima relativamente agradable durante todo el año, incluso en verano. Desde la ciudad costera de Sur se tarda apenas cuarenta minutos en llegar.
El Ras Al Jinz Turtle Reserve no es un hotel convencional, sino una parte esencial de la experiencia. Combina la preservación del entorno natural con un confort discreto y funcional. En este rincón donde el desierto aprende a dialogar con el mar, el tiempo desacelera. La naturaleza impone su ritmo y el visitante adopta el papel de observador respetuoso. El hotel no se impone al paisaje: se integra en él con líneas sobrias y tonos terrosos que armonizan con la arena y la roca. Desde las habitaciones conocidas como Carapace Rooms —cómo no, ja— el sonido constante del océano acompaña y recuerda que aquí todo gira en torno al mar.
En cualquier caso, se recomienda alojarse en las tiendas ecológicas dispuestas en lo alto de la colina vecina, a la que se accede a pie sin ningún problema, una opción mucho más inmersiva. Estas Luxury Eco-Tents están orientadas al mar y transmiten una sensación de otredad y aventura muy particular. El pensador chino Lin Yutang escribió: “El buen viajero no sabe dónde va; el viajero perfecto no sabe de dónde viene”. Pero al cruzar el umbral de un templo, de un jardín o de una playa como esta, uno siente la transformación en su mirada y en su actitud.
También hasta aquí llegan el sonido de las olas, la caricia del viento y, por supuesto, el abrazo de la noche. Porque es entonces cuando Ras Al Jinz revela su verdadero sentido. Salen las estrellas, llegan las tortugas. Se permite observar tanto la anidación nocturna como la actividad al amanecer, pero siempre en silencio y sin usar los móviles como linternas. A la luz de la luna, las tortugas verdes emergen del agua para repetir un ritual que se remonta a miles de años. Las hembras avanzan lentamente hasta excavar el nido de arena donde depositarán sus huevos.
Ahora sí, se permite usar el móvil. Los turistas que asisten por primera vez a este acto ancestral lo celebran con emoción contenida y con fotos, muchas fotos. Tras la actividad, el cielo se hace cargo de uno y de todo. Gracias a los bajos niveles de contaminación lumínica, el firmamento se muestra limpio y permite contemplar miles de estrellas que casi parecen al alcance de la mano. Mientras oímos la respiración del mar, la oscuridad aporta la calma precisa, el viento roza la arena y la bóveda celeste se enciende de claridad. La Vía Láctea planta su propia tienda y uno mira hacia arriba, embobado, hasta que el cuello dice basta.
De camino al desierto.
El mejor complemento a esta experiencia es el desierto. No podemos venir a Omán y evitar algo tan fascinante y tan arraigado en la cultura omaní. La mejor época para empatizar con él es de octubre a marzo, cuando Las noches son frescas y oscuramente transparentes, lo que facilita la observación de estrellas y la experiencia de dormir en campamentos beduinos. El desierto atrapa como atrapa el mar. Tienen muchísimas similitudes: ambos son territorios de exceso y desnudez, paisajes sin límites concretos, a expensas de los vientos y del cielo, porque siempre la claridad viene de él. Ante el desierto uno aprende enseguida que no se puede dominar, solo aceptar.
Nos internamos en coche para visitar a la familia Wahiba, que vive a la entrada del desierto de Sharqiya. Abrimos las puertas y recibimos ese golpe de calor para el que aún no se ha inventado remedio. Son las doce del día y el silencio es abrasador. Nos recibe el padre de la familia y, antes de enseñarnos las tiendas y explicarnos su modus vivendi, nos invita, con toda la calma del mundo, a descalzarnos y a ocupar una de las alfombras del sitting room, pues considera imprescindible ofrecernos café y dátiles.
La hospitalidad de Omán está hecha de café servido en pequeños vasos y de dátiles con o sin azúcar. Ni el fotógrafo ni yo hemos probado unos dátiles mejores en nuestra vida y creemos que no volveremos a hacerlo, aunque estamos equivocados. La familia Wahiba —también llamados wahiba o beduinos de Sharqiya— vive en el desierto con una naturalidad que solo puede heredarse. El desierto no es un escenario hostil ni una postal exótica: es la casa. Y, como toda casa, tiene sus reglas, sus silencios y su manera particular de cuidarse y comunicarse.
Las tiendas se levantan con una lógica sencilla y sabia, orientadas al viento y abiertas lo justo para dejar pasar el aire. Dentro, todo es esencial: alfombras gastadas, cojines bajos, sombra balsámica, café. No es extraño que en la poesía nabatí —la poesía beduina— el paisaje sea el protagonista absoluto:
“El viento conoce mi nombre
porque lo dije una vez
en mitad del desierto”.
Nadie tiene prisa porque aquí la prisa nunca ha existido. Nos explican que organizan estancias de hasta cinco días para turistas y viajeros, e incluso excursiones en camello hasta el mar, travesías que duran precisamente cinco días. Los techos están hechos de palmeras. Controlan pozos de agua situados a más de cien metros bajo el suelo. Entrenan a camellos que esperan sin quejarse, como si supieran que el tiempo se reconoce en ellos.
Aquí viven nueve personas. La familia se muestra dispersa e inevitablemente unida. Aquí la educación no separa la teoría de la práctica, porque ambas son la misma cosa. Repetimos dátiles. Al caer la tarde, cuando el desierto baja el tono de voz y la arena se enfría, la familia se reúne a tomar té y las palabras se pronuncian despacio. Es entonces cuando el desierto deja de ser inmenso y se vuelve íntimo.
El mejor Desert Camp es el Arabian Nights, literalmente situado en mitad del desierto. Cuando al atardecer subimos a las dunas para ver cómo se apaga el resplandor exagerado del día y la arena dorada empieza a enfriarse, el desierto respira de otra manera. Entendemos que el desierto no es vacío, sino espacio. Es entonces cuando cobran sentido aquellos versos de Saif Al Rhabi:
“El desierto no es vacío,
es un libro abierto
que el viento se empeña en reescribir”.
No hay otras luces que compitan ni edificios que interrumpan la línea del horizonte. El día se despide mientras bajamos a pie hasta el bungalow para sentarnos en el porche y esperar a que las antorchas alumbren el camino hacia el restaurante. Cuando, como una evidencia, el cielo termina de oscurecerse, aparecen las estrellas con su habitual naturalidad.
Dormir en el Arabian Nights no es solo descansar. Es algo más: esperar la recompensa del amanecer, cuando las primeras nieblas y el rocío de las acacias se hacen cargo de todo.
Enlace: https://experienceoman.om/

