ATACAMA, CHILE: El desierto de los desiertos
10 de abril de 2012 · Escrito por oriolpuges
A caballo por el Valle de la Muerte[/caption]
A pesar de los años que han pasado, aún guardo el recuerdo de mi entusiasta profesor de historia y geografía explicándonos apasionadamente sobre lo duro, pero a la vez enormemente cautivante, que resultaba el desierto de Atacama. Recuerdo que a esa edad, acostumbrado a la cómoda vida de ciudad y a las vacaciones en las playas del Mediterráneo, sus descripciones del tipo: “es el desierto más seco del mundo, donde hay lugares donde no ha caído una gota de agua en los últimos cincuenta años”, no resultaban nada alentadoras, y menos como una invitación a conocer uno de los paisajes más fascinantes de Chile. Hoy, veinte años más tarde, las impredecibles circunstancias que suelen conducir nuestras vidas me dan la oportunidad de visitar este impresionante rincón de la Tierra.
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Impresionan los paisajes desolados de Atacama por su belleza exuberante[/caption]
Sentado al lado de la ventanilla del avión, el vuelo al norte de Chile es, además de un regalo para la vista y los sentidos, como regresar por un momento a mi aula y tomar una clase intensiva de geografía. Saliendo de la zona central, uno a uno vamos sobrevolando los conocidos “valles transversales”, en cuyos suelos viajan los ríos en busca de su destino, el mar Pacífico. Transportan las aguas de deshielo provenientes de la omnipresente cordillera de los Andes que nos acompaña a nuestra derecha durante todo el vuelo. Al otro lado, el azul profundo del cielo se funde en algún punto lejano en las oscuras aguas del océano Pacífico, cuya costa en ocasiones se alcanza a divisar. “Así de espectacular y caprichoso resulta el trabajo que la naturaleza ha moldeado sobre esta tierra”, recuerdo decir a mi maestro. Con razón los mapuches bautizaron a su tierra con el nombre de “chili”, que en su lengua viene a ser “El fin del mundo”.
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Apenas llueve, pero algunas especies vegetales sobreviven en este inhóspito lugar[/caption]
Pasada la primera hora de vuelo, el paisaje cambia radicalmente a uno de aspecto lunar, donde la monotonía de la tierra de color ocre sólo se ve interrumpida por una docena de impresionantes volcanes de perfectos perfiles cónicos cuyas cumbres permanecen siempre cubiertas de nieves eternas.
Esparcidas en la inmensidad, de vez en cuando se divisan manchas blancas, los salares[/caption]
El oasis de San Pedro de Atacama
San Pedro no llega a los 1.000 habitantes y, sin embargo, es el pueblo más poblado de toda la zona altiplánica. Sus calles son estrechas y las casas están construidas de adobe debido a la ausencia de canteras cercanas. El centro, que no es más que un par de calles ordenadas rectangularmente en torno a la plaza del pueblo, concentra la oferta hotelera y de servicios para el turismo, sector que ha tomado inusitada fuerza en los últimos años. Al lado de la mencionada plaza, la hermosa iglesia de San Pedro ha sido declarada Monumento Nacional por el gobierno chileno.
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San Pedro de Atacama, el núcleo de población más importante en el desierto[/caption]
Cruzando el arco de piedra abierto en su coqueto muro de adobe, se accede al interior de la nave, iluminada por una suave luz que se cuela por las ventanas y que da vida a un bonito altar y retablo de piedra tallada, ambos de estilo barroco. A un lado, la imagen de un imponente san Pedro, patrono del pueblo.
Cruzando la calle está el Museo Arqueológico Gustavo Le Paige, nombre del misionero jesuita, de origen belga, que comenzó el trabajo. “Don Gustavo llegó en 1955 para hacerse cargo de la parroquia de San Pedro y, de inmediato, se enamoró de la zona”, dice la guía. La verdad es que el museo sorprende por la calidad de su muestra. Un entretenido recorrido por su colección de objetos explica la evolución de la cultura atacameña en sus once mil años de vida.
Iglesia de San Pedro de Atacama[/caption]
No es el Sahara. Es el Valle de la Luna de Atacama[/caption]
Hacia el este destaca el demoledor tamaño del volcán Licancábur que, con sus 5.916 metros de altura, es el más alto de los alrededores. Desde siempre ha sido objeto de veneración por los atacameños, y su cumbre, un altar que los incas utilizaban para realizar ceremonias de culto al Sol.
Salar de Atacama, mucho más que sal
Ya estamos en pie cuando los primeros rayos del sol comienzan a aparecer tras la gran barrera que suponen los volcanes al este. Traen la vida propia de un nuevo día hasta esta colonia de flamencos andinos que observamos en la laguna Chaxas, en pleno salar de Atacama. El espectáculo es genial. A nuestro alrededor, costras de sal se extienden infinitamente hacia el horizonte, sólo interrumpidos esporádicamente por una que otra laguna donde revoltean los flamencos.
Flamencos en la laguna Chaxas[/caption]
Los atacameños han sabido adaptarse a las duras condiciones del desierto[/caption]
Volviendo a San Pedro por la carretera que rodea el salar por el este, la luz del día revela un espectáculo sobrecogedor. Las empinadas laderas del volcán Licancábur caen directamente contra el borde del salar a escasos kilómetros de distancia, creando un desnivel de más de 3.600 metros no visto en ninguna otra parte del país.
Las fumarolas danzantes de los géiseres del Tatio
Pequeñas localidades salpican de vez cuando paisajes sublimes[/caption]
Llegamos de noche y hace frío. Cuando miro al cielo se me ponen los pelos de punta. Y es que nunca antes había visto un espectáculo igual, con un cielo rebosante de brillantes estrellas que parecen estar al alcance de nuestras manos.
A medida que el día se va aclarando, antes que los rayos aparezcan por encima de los cerros, se comienzan a dejar ver las fabulosas fumarolas de vapor que alcanzan alturas insospechadas. Nacen de pequeños cráteres situados a ras de suelo y en los cuales borbotea un agua hirviendo a 85 ºC.
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La imagen de un turista se adivina entre el humo de los geiseres del Tatío[/caption]
Respirando con esfuerzo me encaramo hasta la cima de una pequeña colina desde donde tengo una vista panorámica espectacular. Ante mis ojos, una veintena de fumarolas danzan al son que les marca el viento del altiplano, creando un espectáculo completamente fuera de lo común.
Aunque imperceptibles, las mismas fuerzas que han contribuido a formar este altiplano y la cordillera de los Andes siguen empujándose una contra la otra, lenta pero decididamente, causando que la actividad volcánica no cese nunca. Este campo geotérmico, el más alto del mundo y que tiene su fuente a 900 metros de profundidad, donde el magma del volcán Tatio calienta las aguas de algún río subterráneo, son un ejemplo palpable de este hecho.
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Géiseres del Tatío[/caption]
Sea cual sea la explicación para tan extraordinario fenómeno geológico, lo cierto es que el resultado es digno del esfuerzo que lleva llegar hasta él. Remojando nuestros músculos en las aguas termales que se encuentran a un lado de las fumarolas ardientes, reponemos las fuerzas y combatimos el mal de altura que nos afecta a unos cuantos antes de emprender el regreso.
Ahora sí, ahora podremos ir apreciando lo que la oscuridad de la noche nos ocultó en el viaje de ida a los géiseres. Estamos viajando hacia el oeste, camino de regreso a Calama, y transitamos por esta ancha meseta llamada altiplano que, según contaba mi maestro, “separa el desierto de Atacama de la cuenca amazónica”. Es curioso pero, a pesar de estar sobre los 4.000 metros de altitud, el paisaje hace gala de un verdor inusitado. “Es normal –apunta el guía-, en el altiplano suelen haber lluvias tropicales, en enero y febrero”. Luego, el suelo poroso del altiplano, una acumulación compactada de cenizas volcánicas, filtrará el agua que reaparecerá en el desierto en forma de ríos y salares.
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Las llamas, otro habitante de Atacama[/caption]
Sobre una explanada, un grupo de llamas pasta despreocupadamente ante nuestra presencia. “En la meseta altiplánica ya no viven atacameños –me explica de nuevo el guía-, aquí arriba viven los aymarás, un grupo étnico de pastores, más acostumbrados al frío y la altura, dedicados al pastoreo de llamas y alpacas”.
Dejando atrás el altiplano, volvemos a la monotonía del desierto. Poco antes de llegar a Calama, cruzamos la cuenca casi vacía del río Loa, el más emblemático de los ríos del desierto de Atacama y uno de los más largos del país.
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Pozas de agua caliente permiten a los turistas bañarse en pleno desierto[/caption]
Con la sensación de que me ha quedado mucho por descubrir en esta extraordinaria tierra, no me queda más remedio que aceptar la triste realidad de que ha llegado el fin de mi viaje. Un apretón de manos y un abrazo con mis grandes amigos y acompañantes de aventuras sellan también mi simpatía y amor incondicional por esta tierra a la que he prometido volver. Mientras espero que ello suceda, me conformo defendiéndola y recomendándola a todos los que me preguntan por ella.
Texto: Oriol Puges; Fotos: Jesús P. Sánchez


